Blog

Salir de la vereda

Años atrás, tomé decisiones que cambiaban de muchas maneras mi vida y mi perspectiva de lo que seguía en mi camino.

De cierta manera, la analogía de las montañas y senderismo siempre me sirve para expresar lo que pasa en mi vida.  Las decisiones que tomé en el 2014 giraban en torno a salirme de la vereda que recorría para adentrarme a un territorio no explorado.

Si alguna vez te has salido de la vereda o perdido en la montaña, sabrás la sensación que existe cuando el camino conocido desaparece y nos encontramos con densa vegetación.

Por un lado, la voz incesante de la razón nos exige regresar al camino conocido para buscar la seguridad (al menos ya sabes andar por ese camino). Por otro, la intuición mezclada con fe nos invita a seguir adelante, con la esperanza de que la vereda que te llevará a la cima que quieres alcanzar está a unos cuántos metros, a unos cuántos minutos de distancia… (si tan sólo pudiera tener una mejor perspectiva, ver desde lo alto este camino para reconocer que la respuesta estaba ahí, al alcance de la mano…)

Fueron más de dos años de andar con “machete en mano”, haciendo camino donde antes no existía, avanzando lento y cuestionando cada paso: ¿Cuál es mi afán de dejar aquello que tanto me costó crear, y a cambio de qué lo estoy haciendo? ¿Es este el costo de la paz? ¿Es este el costo de la congruencia?

Ante el cansancio y el dolor de cada ‘cortada y raspón’ que incurría en este diambular sin rumbo fijo, la tendencia de cuestionar la razón de haber salido del camino explorado se volvió cada vez más grande. Defender el espacio en donde algo muy dentro de mí decía que “nada”, es realmente el potencial de “todo”, se convirtió en un trabajo de tiempo completo.

Poner estas experiencias en palabras es retador. Mi mejor intento es pintar una imagen con palabras.

Conforme crecí y me llené de más actividades, responsabilidades y expectativas, se volvió casi imposible hacer espacio para crear una pausa y reflexionar: ¿Quién soy yo? – verdaderamente cuestionarme más allá de lo que hago, pienso, tengo, más allá de dónde y con quién soy, más allá de cómo se siente, lo que me distingue de los demás o lo que la sociedad piensa o deja de pensar de mí.

La analogía que describe lo que sentí en estos momentos de “luchar por preservar algo que parece nada pero siento que es todo“, se asemeja al esfuerzo necesario para mantener un vaso vacío al sumergirlo al océano. Cuando externamente podemos ver tranquilidad, la lucha por preservar ese espacio en contra de todas las fuerzas que invitan a llenarlo – por rechazar invitaciones a proyectos y aventuras que hubieran sido la mejor noticia para el caminante de la vereda del pasado – es una pelea violenta entre fuerzas internas que se hace en silencio y en contra de la lógica racional. En esencia, es una disputa entre todo lo que has aprendido a saber, y todo lo que has aprendido a sentir.

Uno de los ‘mementos’ de la vereda del pasado fue un regalo que me motivó a realizar todo este escrito. El obsequio fue una maceta con muchas sábilas, y la instrucción de trasplantarlas pronto.

Considero que muchas veces las cosas más obvias y fáciles de resolver son las que nos retienen. Quizás como una embarcación tira el ancla para sostener la posición ante vientos y mareas cambiantes, dejamos pequeños actos pendientes que nos mantienen, a veces en contra de la voluntad consciente, cuando no estamos listos, en todas nuestras dimensiones, para avanzar o cambiar de rumbo.

Hoy puedo compartir que salí de la maleza para encontrarme con otro camino, uno en el cual tengo la oportunidad (bendición) de poder expresar diferentes partes de mí, en diferentes formas, lugares y con diferentes personas. Dentro de la variedad hay una sola constante: mi SER en paz y en libre expansión y contracción.

Fue quizás eso lo que me permitió ver por fin que tenía un simple y poderoso pendiente: darle espacio a estas plantas para desarrollarse de manera sana.

Cuando estaba haciendo el simple proceso de trasplantarlas, que logró enmendar dos años de descuido con 15 minutos de trabajo, observé algo que no había notado en todo este tiempo: cada planta en esa maceta representaba distintos aspectos de mi personalidad.

Fue entonces que llegué a esta reflexión que quise compartir y que en esencia motivó todo este escrito.

“La planta, como el ser, ocupa cambiar de maceta para crecer”

– Gracias Maripily

Favorable, serena y benevolente

La filosofía del Yoga nos presenta una vasta oferta de textos y reflexiones, que a través de su aplicación en las vidas diarias de sus lectores y practicantes, han trascendido épocas, culturas, territorios y creencias.

Uno de estos textos, son los Yoga Sutras de Patanjali, un compendio de 196 aforismos que describen cómo llevar una práctica de vida que conduzca hacia la la paz y la felicidad en todos los planos.

Dentro de este texto, nos encontramos con el Yoga Sutra 1.33:

“Mediante el cultivo de cordialidad, compasión, alegría, e indiferencia frente al placer y dolor, virtud y vicio, respectivamente, la consciencia adopta una disposición favorable, serena y benevolente”

Este sutra nos invita a cultivar valores y conceptos de suma importancia para el desarrollo y desenvolvimiento social de un ser humano: cordialidad, compasión y alegría. Estos tres conceptos cubren aspectos internos y sociales que conducen al bienestar emocional.

El ser cordial marca el primer paso para una convivencia sana y constructiva, ya que nuestras acciones tendrán una luz e intención constructiva. La compasión puede ser vista como el dar lo mejor de uno mismo para el bienestar del prójimo, siempre y cuando esto no entre en conflicto con el bienestar propio. Algunos consideran a la compasión como la mayor forma de expresión del amor.

El ser cordial marca el primer paso para una convivencia sana y positiva, ya que nuestras acciones tendrán una luz e intención positiva.

La alegría de vivir, la alegría de compartir y la alegría de amar son la energía que nos ayuda a sobrellevar los malestares, a pasar por los momentos de dificultad percibida. Así mismo, la habilidad de reconocer y vivir al 100% la alegría que día con día se puede obtener de nuestras experiencias es un recurso muy valioso.

La indiferencia frente al placer y dolor, virtud y vicios presenta un concepto clave para la liberación de nuestra mente. Constantemente nos suceden experiencias en nuestra vida y cada minuto somos bombardeados por cientos de estímulos. Algunas cosas nos agradan y nos identificamos con ellas. Algunos otros estímulos los rechazamos por considerar que no van con nosotros o que no nos causan/causarán bienestar.

La realidad es que nunca sabemos a ciencia cierta qué va a suceder. Algo que es percibido como bueno ahora puede ser considerado nocivo dentro de un tiempo, o viceversa. El estar sometidos a la interminable montaña rusa de emociones que provoca el aceptar y rechazar lo experimentado constantemente es un ejercicio que desgasta a la mente y espíritu.

El estar sometidos a la interminable montaña rusa de emociones que provoca el aceptar y rechazar lo experimentado constantemente es un ejercicio que desgasta a la mente y espíritu.

Si en cambio, permanecemos indiferentes ante estos estímulos, entramos en un balance y armonía con lo experimentado. Ya no existe ‘malo’ o ‘bueno’, sino que comenzamos a aceptar las cosas como son. Nuestra versión de la realidad deja paso a algo más cercano a una realidad compartida por todos los que la conformamos. En este momento los juicios críticos, la incomprensión e ignorancia se comienzan a reducir hasta que llegamos a comprender que somos parte de un todo.

Después de este recorrido, nuestra consciencia adopta una disposición favorable, serena y benevolente. Si vivimos y experimentamos con alegría y cordialidad, nuestras experiencias pueden tomar una luz favorable, y entonces todo nos ayuda a crecer y desarrollarnos.

La práctica constante de la cordialidad y compasión le proporciona a la consciencia y mente del practicante una dirección pacífica y positiva, en la que optimizamos nuestros actos hacia el bienestar propio y del prójimo: una actitud benevolente.

DR